sábado, 17 de julio de 2010

Lucas 9, 46-48



46 A los discípulos se les ocurrió preguntarse cuál de ellos era el más importante. 47 Jesús, que conocía sus pensamientos, tomó a un niño, lo puso a su lado, 48 y les dijo: «El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El más pequeño entre todos ustedes, ése es realmente grande.»


El ser humano confiesa a los cuatro vientos que todos somos iguales, sin embargo, cuando se reúne, siempre pregunta quién es el más importante del grupo y le preocupa ocupar uno de los primeros puestos. El que está más arriba tiene súbditos, es el centro de atención, el que manda, su opinión es la más importante, es al que todos le deben respeto y obediencia y la cadena continúa hasta llegar al último que prácticamente es el esclavo de todos.

Esta mezquina preocupación también invadió al grupo de Jesús, a los discípulos les inquietaba determinar quien era el más importante, por supuesto, éste sería el jefe, el privilegiado, el amo del grupo. La discusión debió ser agria y acalorada; un encuentro de gritos, ademanes, gestos y codazos disimulados. Y no era para menos, el vencedor de la disputa se impondría a los demás. En la discusión sobraban los argumentos: los más viejos reclamaban el puesto por su experiencia, los jóvenes por su valentía y arrogancia, otros porque fueron los primeros en ser llamados, más de alguno argumentó que era el preferido del maestro y no faltó el que quiso hacer valer sus bienes.

El mundo aplaude a los poderosos, rinde homenaje a los bravucones que lucen medallas de guerra, admira a los magnates que despilfarran la plata, babea por los excéntricos que produce el cine y la televisión... estas caricaturas son las que se creen que están en los primeros puestos, los más importantes, los que gozan de honor y poder. El mundo condecora a los asesinos que aplastan a los rebeldes; mantiene en pedestal a los mercaderes que amasan fortuna con la sangre de sus obreros; elogia la magia financiera que comercia con el alma de los deudores... éstos son los exitosos, los que triunfan, los hombres del futuro, el resto son los fracasados.

La lógica de Jesús es radicalmente distinta: los discípulos piensan en mandar, el maestro en servir; los discípulos buscan la gloria y el poder, el maestro es humilde y obediente; los discípulos se pelean por los primeros puestos, el maestro es el esclavo que entrega la vida por los demás. La paradoja del reino de Dios desconcierta al mundo: los grandes son los pequeños, los primeros son los últimos, los más importantes son los insignificantes a los ojos de los hombres.

En aquel tiempo los niños no contaban en la sociedad judía, nadie se preocupaba por aquellos seres impotentes, pasaban desapercibidos... para Jesús, estos pequeños son los más importantes. Son humildes, limpios de corazón, traviesos, nobles, leales, marginados, olvidados... son el tesoro del reino de Dios. En nuestro tiempo los niños tienen la importancia que merecen, están protegidos, la sociedad se preocupa por su futuro, aunque muchas veces les descuida el presente. Sin embargo, hay otros pequeños que siguen marginados, que solo cuentan para la demagogia política, que la misma iglesia los olvida, pero siguen siendo los preferidos de Dios: los pobres, los últimos de la sociedad, los que son números de estadísticas, los esclavos del mundo capitalista. El tesoro de la iglesia debe ser los pobres, esa interminable muchedumbre que muere de hambre, que es explotada en las maquilas y en los centros comerciales, que duerme en las barrancas y no encuentra trabajo. Estos miserables que lloran con sus manos vacías y se aferran a la vida para salir adelante son, a los ojos de Jesús, los más importantes.

La lección sigue vigente, el que quiera ser el más importante, el que busque los primeros puestos, debe ser como los niños: puro, sin doblez, leal, humilde, sin rencor, al servicio de los demás. Los que predican el evangelio tienen que luchar para defender los derechos de los más pequeños, los pobres, los marginados y los que mueren abandonados; tienen que ser la voz de los humildes y desamparados, la voz de los que silenció el poder y el dinero, la voz de los que no cuentan en la sociedad mercantilista.

"El más insignificante entre todos vosotros, ese será el más importante".







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